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Los Barruecos, Vostell y las cigüeñas

Malpartida de Cáceres encierra un secreto. Un paisaje de granito y agua que se extiende bajo un cielo limpio e inmenso. Estamos en Los Barruecos, monumento natural cuyas características enamoraron a nuestros antepasados postpaleolíticos, a las cigüeñas y a un alemán de nombre Wolf.


No ha de extrañarnos que fuera así. El lugar atrapa e hipnotiza y te hace hablar quedo, evitando molestar a quienes habitan en este paraje casi irreal. Formas caprichosas en continuo cambio se elevan sobre retamas, pamplinas, juncos, torviscos…



mientras que ajenos a su mutación, águilas, milanos, gallipatos, garzas, fochas y demás moradores transitan su particular paraíso terrenal, el mismo en el que se han detenido El muerto que tiene sed y un coche que, desfallecido, ha puesto punto y final a su peculiar Viaje de hormigón por la Alta Extremadura.



A pocos pasos, el agua caprichosa y cambiante juega con nosotros, mostrándonos el reflejo de una realidad que modifica a su antojo. 



Pero dichas aguas ya no lavan lana y en El Lavadero, las ovejas han cedido el paso a la Fiebre del automóvil, Toros de hormigón, un Pianoforte luminoso…en definitiva, a la obra de Vostell y del movimiento Fluxus que, aun invadiendo su espacio, lo han sabido hacer dócilmente, sin alterar su estructura primigenia. 



Ellas no están, pero sí sus grandes mansiones que, anhelando su regreso, esperan pacientes en funambulesco equilibrio.





Cuacos de Yuste y un cementerio alemán.

Horas de letargo, momento de siesta. 


Un silencio onírico envuelve a este pueblo de La Vera donde, hace mucho tiempo ya, un rey, de nombre Carlos, decidió retirarse dejando atrás la mundanidad. En un monasterio recaló, mientras el pueblo, abajo, continuaba su andadura al igual que su hijo bastardo Juan de Austria. Para los lugareños, Jeromín.


Cuacos huele a pimentón, tabaco, setas, robles y ...agua.


Un agua que, regurgitada por grandes gargantas, llega hasta sus pies para bañarlo con el helado fluido de la Sierra de Gredos. Desafiar al frío es una opción y si se logra, podrás bañarte también tú. El Bañaero está ahí, esperando a los valientes.



El silencio continúa, y se hace más intenso conforme te vas acercando a un muro de piedra. Tras él descansan, para la eternidad, ciento ochenta hombres caídos en dos guerras, ilógicas como todas.



Entre sus lápidas, frondosos olivos otorgan sombra a su memoria, trasmitiendo al visitante su alegoría de paz y esperanza.



Pero ahora ya no estás solo. Un rebaño de cabras, en insaciable festín, ponen ritmo a tus pasos con tintineo de esquilas y balidos quejumbrosos. Ajeno a todo, su guardián dormita.



Has llegado a tu refugio. Shiva y Duna salen a tu encuentro, felices de tenerte como huésped. Ellas, son parte de la gran familia que habita un lugar donde olvidarse del mundo. Estás en La Casona de Valfrío, emplazamiento al que Maria José y David se acercaron para dejar atrás Madrid.



Amabilidad y dedicación son sus señas de identidad, administradas sabiamente para hacer de tu estancia un verdadero placer.

Descanso confortable y desayunos reconstituyentes en los que seguro te encontrarás con alguna sorpresa: rebanadas de pan tostado con sobrasada y miel o perrunillas caseras horneadas con afecto.  



Tardes de té, lectura y calma, bajo un porche con vistas a un jardín en el que cada detalle cuenta.



El sol se va y un menú, pensado para cada noche, te estará esperando. Un vino en tu copa con fondos frutales será una buena compañía. Su nombre?  Primavera






Cáceres en otoño.


Mientras las grandes urbes despiertan de su letargo estival, retomando nuevamente su frenesí enloquecido y envolviendo, casi inconscientemente, a sus pequeños moradores en su espiral desenfrenada, el otoño se ha ido instalando despacio, con timidez, silencioso.

Alejarse de ellas, aunque esa lejanía sea breve, siempre reconforta y ayuda a afrontar un nuevo curso vital.

Hacer esto no supone tener que irse a las Antípodas, si bien puede ser una opción. Yo te propongo algo más a mano e igual de alentador, un viaje a Cáceres.


Alojarse en un hotel agradable y céntrico es un aspecto a tener en cuenta. Así, una buena opción es el NH Collection Cáceres Palacio de Oquendo que, sin llegar al lujo del famoso Atrio, seguro que satisfará tus necesidades con creces. Balcones volcados sobre la recoleta Plaza de San Juan donde, en días soleados, las pequeñas terrazas invitan al sosiego, acompañado por el tañir de campanas de su preciosa iglesia.




Recorre su casco histórico vacío de coches y descubrirás a unos extraños personajes que, armados con unos palos provistos de cerdas y unas gomas por las que brota agua, se encargan de mantener limpios de polvo y paja todos sus rincones. 

Sabes quienes son? Sí, los barrenderos, esos que hace tiempo han desaparecido de las calles de Madrid. Ya no los vemos y somos muy conscientes de su falta aunque, una alcaldesa de cuyo nombre no quiero acordarme, sigua contemplando una realidad paralela al común de sus habitantes. Madrid está sucio, muy sucio… magnífica carta de presentación para la tan cacareada Marca España!!

Pero sigamos adelante y relajémonos, que eso es lo que hemos venido a hacer aquí. Piérdete por su entramado urbano y déjate llevar por la tranquilidad. Descubrirás un aljibe almohade en el subsuelo del Palacio de las Veletas, sede del Museo de Cáceres.



Torres tapizadas de verde y granate donde moran los vencejos y jardines, ocultos a la mirada de curiosos, de los que en ocasiones asoman sus habitantes.




Las plantas, deseosas de ver mundo, escalan sus muros y se derraman por doquier a la búsqueda de nuevos horizontes.



En sus calles y plazas vacías, contrastes de luces y sombras dibujando una ciudad de cuento. Sucesión de palacios, judería, foro romano, conventos. 





Sigue tu instinto, sin dirección, sin plano y a tu paso saldrán rincones de singular nombre, casas que encierran leyendas, dragones malheridos…Así es Cáceres.



Mientras realizas tus andanzas, descubrirás restaurantes y cafés donde dar descanso a los pies y satisfacción al paladar.


Te encontrarás con Calenda (Adarve del Padre Rosalío 14) un pequeño local de luz tenue, muros recios de sillar e imponente arco. Un espacio muy agradable, atendido con eficacia y  cercanía, donde los platos se alejan de la tradición extremeña. Un vino de la tierra? Habla del Silencio.

De blanco inmaculado te recibirá Bouquet (Plaza de Publio Hurtado 1) con dos espacios a elegir en función de tus necesidades gastronómicas. Buena materia prima, bien elaborada y presentada por un equipo de profesionales que saben lo que hacen. Pista vinícola: Alaude.

Grandes mesas de madera con bancos corridos que, en las noches templadas cacereñas, se iluminan con la tenue luz de las velas. Es la Tapería de la Torre de Sande (Calle de los Condes 3) rústica en su atrezzo pero no en sus viandas. 

En La Taberna Matilda, junto a la Iglesia de Santiago, una pizarra te mostrará una selección heterogénea de platos donde conviven guisos portugueses, marroquies y por supuesto de Extremadura. Si puedes disfrutar de su terraza, todo te sabrá el doble de bueno. En esta ocasión, la pista enológica me la da su agradable tabernero: Evandria Muscat. Un grato descubrimiento.

Si eres goloso, acércate hasta la Plaza Mayor. En sus soportales hallarás un establecimiento donde el tiempo se ha detenido, es la Confitería Isa. En sus expositores  no hay cabida a pasteles fluorescentes, solo tradición y buen hacer: milhojas, piononos, perruñillas, málagas… 

Quizá un café u otra cosa? entonces encamínate hacia Los 7 Jardines (Calle Rincón de la Monja 9) Te envolverá el sosiego, la buena música y un entorno perfecto. Conciertos en vivo, exposiciones, libros y un jardín... envidiable.  

Si te ha sabido a poco, aquí tienes otro espacio donde seguir disfrutando de la música en directo, es El Corral de las Cigüeñas (Cuesta de Aldana 6) Lugar noctámbulo pero también matinal. En su patio, antigua Rectoría de Santa María, podrás desayunar a la extremeña, madrileña, francesa, catalana...bajo dos grandes palmeras y una frondosa yedra.


Es momento de volver, la realidad nos espera después de unos días de ensueño. 



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